La primera impresión de la
vida nocturna porteñaLas subidas Cumming y Ecuador poseen atractivos locales en los que se puede pasar una agradable velada. En esta crónica, relataremos la experiencia de un estudiante recién llegado a la ciudad en dos lugares: Bitácora y Matiz.Ramón JaraCuando uno escucha hablar de Valparaíso, siempre llegan a nuestros oídos historias que se desarrollan en la movida bohemia porteña, con relatos de sucesos que sólo ocurren en esta ciudad, con una magia que la transforma en una parada obligada para aquellos que no son oriundos del puerto.
Es por eso que, una vez que llegué a vivir a la ciudad patrimonio de la humanidad producto de mis estudios universitarios, me propuse conocer su bohemia, la que, para mi sorpresa, era mucho más que el “Cinzano”, “El Huevo” y esos supuestos locales del Barrio Puerto, donde todos los borrachos peleaban entre ellos de manera descomunal, tal como lo mostraba la televisión,
La ocasión se dio para el cumpleaños de mi compañero de curso Gonzalo, quien lo celebró invitándome junto a otros amigos suyos a recorrer la noche porteña. Nos juntamos en la Plaza Aníbal Pinto, punto central donde se encuentra la llamada subida Cumming, que aglomera un gran número de bares y locales nocturnos. Esto se mezclaba con todo el ambiente bohemio que se percibía, con la gente circulando la calle con alegría y notorias ganas de divertirse.
Mi primer “terremoto”
Primero llegamos al Bitácora, local que tiene como atractivo principal el conocido “terremoto” (que aquí lo llaman “tsunami”), un trago típico chileno que trae vino blanco (el gran “pipeño”) más helado de piña y azúcar, el cual en una jarra de un litro se consigue por 2.500 pesos. Yo estaba feliz, porque era la primera vez que tomaba este delicioso brebaje.
El Biácora está en la mitad de la subida Cumming y cuenta con dos pisos; el primero siempre está lleno en las noches, y es necesario llegar a una hora más o menos temprana para encontrar un asiento en el local, ya que rápidamente fui viendo cómo se llenaba el segundo piso de manera impresionante.
Uno no se da cuenta cuando, entre vaso y vaso, el vino comienza a actuar en el organismo, pero es tan rico el terremoto que dan ganas de seguir tomando. Además, la buena música que acompaña al local, de marcada tendencia rockera, invitan a los parroquianos a permanecer en el lugar por un largo rato y a seguir consumiendo jarras y jarras de terremoto.
“Esto me está gustando”, pensaba, maravillado por el sabor de este trago que nunca había bebido antes en los locales sureños de donde vengo. Luego, nos trasladamos a la subida Ecuador, otro punto neurálgico de la movida nocturna porteña. El lugar: Matiz.
Bueno, bonito y barato
Mientras recorríamos el centro me fascinaba con ver a toda la gente recorriendo las calles del sector, con una alegría desbordante, donde nos topábamos con los vendedores ambulantes de hamburguesas y alguno que otro borracho que nos animaba a bailar con él al compás de la música que tocaban los diversos artistas callejeros con sus tambores.
Hasta que llegamos a Matiz, haciendo cola para poder entrar al lugar y encontrar una mesa, ya que estaba repleto. La gente conversaba en las mesas incesantemente, mientras la música sonaba con intensidad. Mi gran sorpresa de la noche fue el ver los módicos precios de este bar; uno que estaba acostumbrado a gastar mil quinientos pesos en un vaso de piscola en Concepción, se da cuenta de que aquí vale sólo 600 pesos, al igual que tragos como el vodka naranja y una ron cola.
Preferí tomarme una cerveza de 600 pesos mientras compartía con mis nuevos amigos, hablando de música y prometiéndonos tocar juntos en algún nuevo proyecto musical, cosa que nunca prosperó. El local (uno de los dos que tiene la “cadena Matiz”) era bastante pequeño, chocando muchas veces con las personas de las mesas vecinas, pero todo eso se olvidaba con el buen ambiente que imperaba, además que a esa hora ya éramos todos amigos del alma.
Hasta que abandonamos el lugar y yo me fui a la casa de mi amigo Gonzalo, feliz y agradecido de haber tenido esta primera experiencia con la legendaria bohemia porteña, pero de la que no se tiene conocimiento de todos los locales. Podía dormir tranquilo.